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Hace más de una década, dejé de 'bloguear'. Primero borré mi blog, luego vacié mis perfiles en redes sociales, y acabé por limitar mi presencia on-line a una página web estática. Dejé atrás la web 2.0 y una época que no volverá. La blogosfera que vi nacer y no esperaba ver morir, no aguantó mucho más. Internet se diluyó en plataformas que replican la misma red social; plataformas que prometen conectarnos pero están tan desconectadas entre sí como del mundo real.

Hoy, es una quimera volver a la internet que nos llenaba de ilusión en los albores del milenio. Técnicamente es posible, Neocities está lleno de páginas estupendas que conservan aquella esencia. Pero las alternativas a la economía de plataformas serán siempre marginales. La web 1.0 eclosionó gracias a una generación habituada a pelearse con las cajoneras de las bibliotecas y ocultar monedas en las cartas para comprar fanzines. Teníamos el ansia de explorar lo que no estaban a nuestro alcance. El hipertexto era el puente a lo desconocido que estábamos deseando atravesar. Internet era una aventura, la world 'wild' web. Hoy, de los otros mundos, solo queremos un 'selfie' bonito.

Hay quien intenta revivir la llama, recuperar el sentido de los comentarios, la federación, los 'pingbacks', etc. Un entramado tecnológico que surgió en torno a webs que recogían notas cronológicamente y las convirtió en una conversación. Para mi, volver a bloguear con todas sus letras en 2026, es solo un ejercicio de nostalgia. Algo excesivo para esta web que rebosa añoranzas.

Aún así, echo de menos publicar 'para mí'. Suena a oxímoron, pero no lo es. En mi trabajo, estoy obligado a publicar, ya sea para una antología burocrática, o para producir méritos. Escribo a diarío textos planos que quiero olvidar desde el encabezado. Escribo para una maquinaria que carece de la inocencia con la que nos llenaban el alma los ecos de la blogosfera. Escribo y requetescribo para perder cualquier interés en escribir.

En mis recuerdos sobrevive una noche blanca a principios de milenio en la que se me fueron las horas bailando sobre el teclado. Lo unico que escribí fue un mensaje en un foro que nunca podré recuperar. Era una contestación, en la que reclamaba mi derecho a expresar mi opinión aunque fuese errada, y lo justificaba en diálogo con un montón de libros que estaba leyendo para clase. Venía a decir que escribir era la manera de pensar. Las horas que los estudiantes de hoy pierden en un scroll infinito; yo las perdí escribiendo y editando un texto al que solo reaccionó otro forero. Tal vez ni siquiera él llegó a leerlo. Pero yo sí lo escribí, sin sentir cansancio, sin sentir que las horas pasaban, sin preguntarme qué sentido tenía seguir tecleando. Una sensación opuesta a la que hoy me amarga. Una sensación que necesito recuperar.

Me he dado cuenta releyendo mi libro favorito, cuando el protagonista llega a la misma estación y necesita volver atrás:

Demasiado comprendía yo que aquello no podía seguir. El público no tardaría en arrinconarme si no era capa de salir del marasmo en que vivía. Tuve entonces una resolución salvadora. Necesitaba reencontrarme, y para conseguirlo no hallé más recurso que el de volver atrás y comenzar de nuevo. Me fui a Triana, busqué a los amigos de la pandilla, evocamos nuestras viejas aventuras en cerrados y dehesas, y una noche nos plantamos en Tablada, apartamos un toro y nos pusimos a torearlo como en nuestra época heroica. // Aquella vuelta al comienzo me hizo reaccionar vivamente. Recobré el gusto de torear que había perdido en las plazas, sentí de nuevo el ansia del triunfo, y después de unas corridas de tanteo, en las que fui entrenándome y acostumbrándome otra vez a poner el alma en la lidia, triunfé rotundamente, el 27 de abril, al salir en hombros por la Puerta del Príncipe de la plaza de Sevilla.

Mi objetivo es más modesto, pero igual de importante: superar esa obligación que nos impide disfrutar. Belmonte vuelve a Tablada para revivir la noche que descubre que no tiene miedo al toro y liberar un alma que su profesión había encarcelado. Yo vuelvo a bloguear como ejercicio personal para liberar mis palabras y rejuvenecer la cadencia de mis dedos.